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Delante del templo del Gran Jaguar, en Tikal | Petén (Guatemala).

17 de agosto de 2010

La Tribuna del Derecho # 46 Justicia divina

En el número 46 del periódico "La Tribuna del Derecho" se publicó mi artículo "Justicia divina":

"Una mujer con los ojos vendados (símbolo de la imparcialidad) sosteniendo, en una mano, el fiel de una balanza (la equidad) y, en la otra, la empuñadura de una espada (la ley) es –sin duda– el estereotipo que todos tenemos en mente cuando tratamos de representar la imagen de la Justicia; aquélla que, según dicen, se vendó los ojos cuando vio lo que hacían los hombres y huyó al cielo, ocupando en el zodiaco el signo de Virgo y su balanza el contiguo de Libra. En otras ocasiones, a esta figura femenina también le acompaña un león echado a sus pies, como símbolo de la fuerza que debe tener la justicia para juzgar y hacer ejecutar lo juzgado.

Su origen se encuentra en la mitología griega: La diosa Temis (o Themis) era uno de los 12 titanes –hijos de Urano (el cielo) y Gea (la Tierra)– que gobernaron el mundo en la llamada edad dorada. Simbolizaba la encarnación de la justicia divina, la ley de la naturaleza y la costumbre; es decir, la Ley en mayúsculas. Sus hijas también representaban el orden moral (Astrea) y la propia justicia (Diké); por ese motivo, muchas veces la personificación de la justicia puede recibir estos otros nombres.

Fueron los romanos quienes, posteriormente, denominaron Iustitia a la diosa griega Temis y de ahí procede, etimológicamente hablando, el término Justicia; pero, además de Grecia y Roma, otros lugares del mundo también crearon su propia imagen de lo justo (...)".

QdC 4: El camino de los pastunes (Pashtunwali)

En el número 4 de "Quadernos de Criminología" -la revista trimestral que edita la Sociedad Española de Ciencias Forenses y Criminología (SECCIF)- se ha publicado mi artículo "El camino de los pastunes (Pashtunwali)":

"(...) A finales del siglo XIX, un emir de Afganistán –Abdur Rahman Khan– definió a su país como “un grano de trigo entre dos ruedas de molino”, en referencia a sus poderosos vecinos ruso e indio (que, por aquel entonces, era una colonia británica) con los que mantenía habituales conflictos (...). Desde la antigüedad –algunos historiadores consideran que su origen se remonta a la época de la Grecia clásica– este pueblo se ha regido por un conjunto de reglas no escritas: el Pashtunwali o camino de los pastunes; un orgulloso código de honor que se ha ido adaptando a las necesidades de la sociedad, reinterpretándose conforme era necesario, en función de cuatro principios básicos: la hospitalidad; la justicia; la protección de la mujer, la familia y la propiedad y la independencia personal.

Este código es una forma de vida que une a todos los pastunes bajo una serie de premisas como la libertad e independencia, la participación de los miembros del grupo en la toma de decisiones; el respeto a todas las criaturas y –en especial– a la dignidad humana y el honor de las mujeres; la lealtad, la hospitalidad, el asilo y su concepto de la justicia (“Badal”) entendida como venganza (...)".

QdC 5: Un forajido de novela

En el número 5 de "Quadernos de Criminología" -la revista trimestral que edita la Sociedad Española de Ciencias Forenses y Criminología (SECCIF)- se ha publicado mi artículo "Un forajido de novela":

"(...) Lejos de la visión idealizada que nos ha dejado el cine; aquel forajido que “(...) tenía nervios fríos y la ausencia completa de miedo de los que han aceptado de antemano la muerte” fue, según los expertos que lo estudiaron, “un tipo inclasificable, linfático, con ojos de comadreja, pecho hundido, hombros caídos y aspecto repulsivo, con una clara apariencia externa de cretino” que cometió su primer asesinato con tan sólo 13 años y que, a los 21 –cuando murió en el famoso duelo con el sheriff Pat Garrett– ya había matado a 27 personas “sin contar a los indios”, como se decía, despectivamente, en el siglo XIX.

William H. Bonney nació el 23 de noviembre de 1859 en Nueva York “(...) en tiempos en que los tranvías arrastrados por caballos eran una novedad”. Siendo niño, emigró con su hermano y su familia a Kansas y Colorado pero, al poco tiempo, su padre murió de pulmonía y Kathleen, su madre, se volvió a casar con un buen hombre llamado Antrim que los llevó a buscar fortuna a Nuevo México. Allí se crió el adolescente en las peores tabernas de la frontera, entre ladrones y proscritos del territorio neomexicano.

La carrera criminal de aquel joven adolescente se caracterizó por sus continuos actos de violencia, sin motivo aparente, que lo convirtieron, a los ojos del público, en una suerte de nuevo Robin Hood y en personaje habitual de novelas, baladas y crónicas de la prensa de aquel entonces. Capturado en 1880 fue condenado a la horca pero logró escapar de la cárcel matando a dos alguaciles. El sheriff Garrett lo encontró el 14 de julio de 1881 en el Rancho Maxwell y logró abatirlo con un disparo de su colt. Había matado al criminal pero había nacido el mito (...)".

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QdC 6: ¿Demasiado azar?

En el número 6 de "Quadernos de Criminología" -la revista trimestral que edita la Sociedad Española de Ciencias Forenses y Criminología (SECCIF)- se ha publicado mi artículo "¿Demasiado azar?":

"(...) Según el Diccionario de la Academia Española de la Lengua, un magnicidio es “la muerte violenta dada a persona muy importante por su cargo o poder”. Aunque la historia de la Humanidad nos ha dejado, desgraciadamente, demasiados ejemplos de estos crímenes repartidos por todo el mundo –desde el emperador Julio César hasta Indira Ghandi, pasando por el presidente Cánovas del Castillo, el zar Nicolás de Rusia y su familia, el Jefe del Estado egipcio Anwar El Sadat o la popular emperatriz Sissí– no me cabe duda de que, hablando de magnicidios, en la mente de todos tenemos el recuerdo de los presidentes Lincoln y Kennedy. Lo curioso es que la vida –y la muerte– de ambos políticos tiene numerosos elementos en común; no tantos como asegura la “leyenda urbana” pero sí los suficientes como para despertar una sana curiosidad por sus coincidencias. (...)".

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QdC 8: El muchacho de ninguna parte

En el número 8 de "Quadernos de Criminología" -la revista trimestral que edita la Sociedad Española de Ciencias Forenses y Criminología (SECCIF)- se ha publicado mi artículo "El muchacho de ninguna parte":

"(...) Entre la extensa producción literaria de Anselm von Feuerbach destaca un pequeño libro titulado “Un delito contra el alma del hombre”, donde narra un acontecimiento real –y tan extraordinario que parece increíble– que sucedió en la ciudad alemana de Núremberg (Baviera) el 26 de mayo de 1828. Aquel lunes, mientras la gente celebraba en la calle la festividad de Pentecostés, en el adoquinado de la Plaza Unschlitt apareció un muchacho harapiento que apenas podía andar ni articular palabra. Cuando llegó la autoridad, alertada por los transeúntes, aquel joven de 16 años sólo pudo escribir malamente su nombre –Kaspar Hauser– y mostrar una carta sin firma dirigida al Sexto regimiento de Caballería en la que alguien informaba que al niño huérfano le gustaría ser militar. Así comenzó el particular calvario de Kaspar, examinado por autoridades, médicos y un profesor que terminó haciéndose cargo de él y enseñándole a leer y escribir (...)".

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10 de agosto de 2010

Las Hazas de suerte

En el número 11 de Timón laboral -la revista bimestral que edita el Colegio de Graduados Sociales de Cádiz- se ha publicado mi artículo Hazas de suerte: En dos municipios gaditanos existe una tradición jurídico-histórica que también se merecería un reconocimiento por parte de la UNESCO: son las Hazas de Suerte de Vejer de la Frontera y de Barbate. En los tiempos de la Reconquista, cuando el curso del río Barbate trazaba la frontera que separaba la Corona de Castilla y León de los territorios bajo control musulmán, se concedió a esta tierra una Carta Puebla que recogía cuáles eran sus derechos y privilegios, mejores y mayores que otras similares porque los monarcas cristianos trataban de incentivar la repoblación de esta estratégica comarca gaditana. Pulsa aquí para leerlo